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El día que una chica me pidió que la olvidara y no lo conseguí



Me inunda tu olor, intenso,
en las gotas de lluvia al amanecer.

Casi me estallan las meninges el día que una chica me pidió que la olvidara. Quizás lo dijo en serio, quizá en broma. O puede que ninguna de ambas y lo dijera por decir, como cuando dices frases hechas que ya ni piensas. En cualquier caso, yo cerré los ojos y me concentré. Podría haber meditado acerca del devenir del ser, de lo que dijo Zaratustra o de por qué la tele pública sigue teniendo audiencia, y aún así me hubieran dolido menos las sinapsis. Decidido a no pensar más en ella, no me la quité de la cabeza.
Igual que cuando te dicen que no mires, y vas y miras.
Volví a ella como un niño con un suspenso. Y ahí quedo la cosa, aunque no por mucho tiempo. Como buen hombre que soy, inestable y pecador, se me encomendó de nuevo tal ardua tarea, y ni tres segundos tardé en volver a desistir. Prometo que lo intenté, como intentas volar agitando los brazos de pequeño, y decides que no se puede. Tonto me parecí al darme cuenta de que no hay hombre más feliz que aquel con memoria selectiva, y lo bueno tiende a ser siempre recordado. 

Capítulo 3



EL CLAN DE LAS MARIPOSAS pt.1

Soy consciente de lo que he hecho
porque no soy consciente de lo que he visto.

La luz ya existía mucho antes que todas esas leyendas sobre ella, mucho antes de ser la salvación y la esperanza, antes incluso de ser fuente de vida. Pero la luz no es más una onda electromagnética que se propaga en línea recta en todas las direcciones que su foco le permite, perturbando las moléculas del medio a su paso. Cada partícula excitada se convierte en un nuevo foco emisor, y así lo que por un instante nació independiente y todopoderoso, se vuelve por necesidad contaminante de su entorno. Somos el reflejo del origen de nuestra vida, un punto que una vez fue perturbado y no ha dejado de moverse; un ejemplo, parte de un todo.
                   
Si una mariposa aletea sus alas en algún lugar de la superficie terrestre, puede provocar en el otro extremo, diámetro de por medio, que se forme un huracán. O puede que no, como también puede provocarlo el estallido de mil volcanes en Indonesia. La magnitud de un hecho no determina su relevancia, no siempre, y he aquí un principio a por qué nunca se busca explicación en los hechos más insignificantes. Pero todo está conectado.
               
Si se mira lo suficientemente cerca, el universo no es más que un puñado de partículas. Partículas que conviven y reaccionan entre sí constantemente, cambiando vidas con cada contracción y expasión, que se repelen tanto como se atraen y que nunca dejan de estar ahí. Empezaron a interactuar un día, y sus primeras reacciones afectaron a todas las que vendrían después, crearon un marco histórico predefinido. Es puro determinismo.
                           
Cuando asientas las bases de lo fundamental, y construyes ideas sobre cimientos lógicos e imparciales -aunque no por ello menos relativos-, hablar del destino no resulta tan absurdo. Pero no de un sino profetizado ni de providencia divina; el destino es físico y matemático, el destino es el listado de todas y cada una de las interacciones de partículas que, como no podía ser de otro modo, nos trajeron a este preciso momento. Pero, ¿somos esclavos del marco universal del segundo anterior al segundo que vivimos?

La luz es reflejada por los objetos, en mayor o menor medida, y llega a nuestros ojos, que envían la información mediante corrientes neuronales que recorren el cerebro junto a otros impulsos eléctricos. Cuando piensas, las partículas que conforman tu cerebro emiten frecuencias que se transmiten a lo largo y ancho del universo. Frecuencias insignificantes, despreciables, gotas de agua en el océano. 
               
Nada de esto sirve ni tiene utilidad, hasta que, de repente, le da sentido a todo.

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Ensayo sobre Marvin Robinson


¡Hey! ¿Qué tal? ¿Veis a éste? Sí, de ojos marrones y pelo negro como el carbón. No es muy alto, lo sé, pero no podemos decir que sea un chico bajito. Tiene una estatura media en una población medianamente alta. Sabéis a quién me refiero, ¿no? Os presento a Marvin Robinson, un ser humano de lo más normal. Come tres veces al día, duerme una media de ocho horas y le gusta pasar tiempo con sus amigos. Bebe alcohol, pero no es alcohólico; a veces fuma, pero ni de lejos es fumador. A Marvin Robinson le gustan los días tristes, apagados; también le relajan los días lluviosos. Sin embargo, lo que Marvin prefiere es abrir la ventana e inspirar aire cálido; mirar allá afuera y disfrutar del vivo color del sol.
En definitiva, Marvin Robinson es un chico muy típico, pero no de esos chicos típicos sin nada interesante que contar. No, por supuesto que no. Marvin Robinson, si tuviera la ocasión, te podría contar muchas historias, compartir contigo sus opiniones. No tiene un gran don para la narración, pero no te aburrirías escuchándole. Y si, en efecto, cogiera el bueno de Marvin algo de confianza contigo, de seguro te diría que tiene ahora mismo un problema. Bueno, no es exactamente un problema, me corregiría cargado de optimismo. Es más bien una duda que no consigo resolver. Una duda podría ser un problema, pero como en todo, hay una segunda manera de enfocar la situación, y nuestro protagonista casi se aventuraría a decir que una duda sin fácil respuesta es más bien un reto a superar. No obstante, no en todos los casos el optimismo es buen consejero, y quizá esta cuestión no sea tan simple como una simple duda es, y es que nuestro nuevo y prudente amigo Marvin sospecha, aunque no puede asegurar, que está muerto.
Marvin Robinson tiene 21 años.
Marvin Robinson está en la flor de la vida. O, al menos,  lo estaba.
Una desgracia ésta que nos acontece. Un joven que se desvive por saber si sigue vivo, o si por el contrario no lo está. Una gran tristeza, desde luego. Aunque como es bien sabido, es a veces mejor la muerte que cierta desdicha, no es el caso en el que nos encontramos. No lo es porque Marvin Robinson es –o era- un chico feliz, si es que es lícito hablar de un concepto tan abstracto como es la felicidad, que tantas veces se emplea sin razón, y que poco a poco va perdiendo su gran y maravilloso significado verdadero. Marvin Robinson, como iba diciendo, era un chico feliz, estudioso, con amistades de verdad que habían ido creciendo a la vez que había ido creciendo él, tan maduras como maduro lo era él. Un chico aplicado, que nunca dejaba para mañana lo que la salud le permitiera hacer hoy.
Vivo, lleno de energía.
Ironías de la vida, aquí nos tenemos, Marvin y nosotros, nosotros y Marvin, todos igual de impotentes. Señor Robinson, que podría haber sido, de pie con la espalda recta como bien le había enseñado su madre desde pequeño, asustado y paralizado, mirando con intriga su propio cuerpo sin vida tendido en un ataúd abierto. Marvin se pregunta por qué, por qué a él, pero no durante mucho tiempo. El primogénito de la familia, hijo de Benjamin Robinson y Elisabeth Dain, no es de esa clase de personas que cuando tiene un problema malgasta energías maldiciendo su suerte. Ahora, un pensamiento fugaz, que ya había empezado a rondar por su cabeza, le domina por completo; una idea difícil de evitar. Pero, ¿cuántos de nosotros seríamos capaces de obviar el hecho de que quizás seamos algo así como un espíritu o un fantasma? ¡Ah! Si ya la vida no es fácil, imaginémonos la muerte. Marvin quiere llorar, quiere gritar. Quiere correr por la iglesia en la que se encuentra y zarandear uno tras otro a todos los presentes. Quiere demostrar que él sigue ahí. Pero sabe que sería inútil. Marvin Robinson es un chico práctico. 
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Nada



Si vives corriendo morirás cansado,
si te quedas parado no sabrás lo que es vivir. 

Nada es lo que somos porque nada es lo que podemos conseguir. De la nada vinimos, donde nada sabíamos, donde nada sabremos después. Somos el rocío de la mañana, somos hoja caduca, somos nieve y somos el sol que la derrite. De materia que nada vale estamos hechos, de vida que muere alimentamos la nuestra. Nada hemos hecho para estar aquí, nada que lo mereciera, porque nada necesitábamos merecer. Nada pedimos, nada nos dieron a elegir, nada valía nuestra opinión.
Y cuando llegue la calma, la luz y después la oscuridad, aún creeremos que todo pudimos ser, hacer y tener. Pero es la nada quien nos trajo, y la nada quien nos llevará.


 
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